TEXTOS Y
ENSAYOS

Crepitante Mandala

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por Paula Janin

Acerca de "Sueña que duerme en el fondo del mar"

Si me esfuerzo desde la cabeza por recordar, sólo viene un ruido sordo, un par de ojos que miro y me miran. Tengo la sensación de haber sido transportada a través de un viaje de símbolos: hombres, arboles, piedras, agua, peces, luz, penumbra, vida, muerte, calor y frío.
Quizás la memoria de mi corazón es la única a la que puedo recurrir si quiero recordar aquel viaje sin tiempo, dentro de aquella esfera de aparente ensueño pero con la realidad latente más desnuda que en lo cotidiano.
Los miro y son uno, son uno pero son 7, o eso escuché. Veo matices pero siento una unidad inminente en el aire, una narrativa casi palpable que atraviesa sus cabezas como una cinta sin color. El corazón se me quiere salir del pecho, y descubro que es la intención alimentada por la expectativa. Ya mi mente recorrió su laberinto de preguntas, ahora sólo puedo escuchar el latido.
Me siento, varias sombras pasan al lado mío, seres que tal vez me miran dejando un halo de posibilidad. Al fin siento como las piezas de aquel rompecabezas de madera encajan.
Los latidos ahora son todo lo que soy, y ya no sé si son míos o del que se sienta a mi lado. Yo lo miro, le miro los ojos, le miro las manos y la barrera realidad-ficción se disipa.
Esa historia-símbolo empieza a tejer redes, palabra a palabra se transforman en hilos que mueven mis emociones. Escucho, siento, no puedo hacer otra cosa, estoy congelada, envuelta en la urdimbre. Entonces el tejedor, ese hombre sentado a mi lado, se transforma en alguien que ya conozco.
Tal vez lo vi en alguna plaza, sentado mirando al piso y esto que hoy me dice era lo que alimentaba sus pensamientos. Quizás esta era la historia del humano que dormía en los bancos o del que pasaba caminando y lo miraba.
Tengo la sensación de que eso que escucho está enterrado debajo de una piedra en el lugar donde viven los relatos de nuestra raza. Tengo la extraña sospecha de que esa noche ese relato salió a pasear a través del alma de papel de este hombre de carne y hueso.
Un golpe súbito, blanco me devuelve. Se vuelven a reiniciar los motores de mi mente desorientados. Fuimos a pasear a lugares tan profundos y ahora no entiendo qué tengo que responder. Quiero escuchar más sobre esa historia, pero son las leyes del círculo: te llevás una hoja sólo dejando una a cambio para que los que vienen después no lo noten, y el suelo quede intacto en su alfombra de otoño.
Tengo que dejar esa hoja, la dejo, confundida, se la dejo al hombre que se encargó de guiarme en este viaje, que lo encarnó, que movió los hilos que abrieron, cerraron y tiñeron mi emoción. Gracias.
Me paro, me voy con el intercambio de algo mío entregado, para llevarme algo de ese lugar en el pecho. Creo que nunca más voy a poder volver a hablar, no me salen las palabras, y es que ese silencio interno, entiendo, es el corolario de una pequeña transformación.